El montón
La primera persona en llegar al Monumento a Lázaro Cárdenas el sábado 20 de septiembre es Lalo, líder del Club del Montón. Llega impecable, con el clásico sombrero vueltiao colombiano que es tan frecuente como apreciado en el ambiente sonidero y con unos zapatos de puntas de espejo en las que se reflejan los árboles del parque. Esos zapatos de tacón cubano merecen ser chuleados y son fotografiados inmediatamente; están hechos a la medida por Juanito, un zapatero de oficio que atiende en Tacuba a sus clientes: los bailarines.
“Nosotros andamos al ras del piso”, me dice Lalo, “vivimos a golpe de calcetín”.1
El Club del Montón surge hace 12 años en la Ciudad de México y se replica como célula en Richmond, Virginia, activa desde hace 10 años e interrumpida desde hace uno por el terror. Un año antes de fundar el club, Lalo entra a dar clases de baile en Martes de Artes, un centro de resistencia cultural del barrio bravo de Tepito vinculado con el movimiento Tepito Arte Acá, gestionado hasta hace poco por un zapatero muy querido y sostenido ahora por su hija y por la comunidad.
Tepito es un muchas cosas, entre ellas afamada cuna sonidera conocida por la estética de sus pachucos, su gran afán salsero y por un estilo de baile llamado “tíbiri tábara” en referencia a una canción del mismo nombre y en honor a la Sonora Matancera, la mamá de los pollitos, tan adorada en Tepito. Es un amor recíproco: se conoce la amistad de Sonido La Socia con Caíto, un músico de la centenaria agrupación que la visitaba en la vecindad Casablanca (la misma de Los hijos de Sánchez), y no faltan las fotos de Celia Cruz con figuras también míticas en el ambiente sonidero, como Sonido La Changa y el Venado Mayor.
“Tepito cabrón y frágil a la vez” reza el mural que honra a Manrique, fundador de Tepito Arte Acá.
Ahí nos encontramos un lunes por la tarde. En lugar de la clase regular, se celebra el cumpleaños del Pantera, uno de los miembros del Club del Montón, ¡también zapatero! de la calle de Granaditas. Llegamos con un pastel horneado en casa, otros traen las carnitas, el arroz, la salsa, las tortillas, los refrescos, y Maga, la presidenta y productora del club, todo lo necesario para que se sirva en una mesa y se monte un festín. Después de eso, se baila – no cualquier baile, sino un baile muy alegre que celebra al Pantera con sus temas favoritos, incluidos los de Topo Gigio.
“Hoy me invitaron a un streaming, pero preferí venir aquí” – me dice El Negrito de la Salsa, que ha acudido con su madre – “me gusta mucho el vínculo”.
Sigue un ritual que nos sorprende: es una coronación. En este juego hay padre y madre, hay dones, pajes, copas, palmas y, desde luego, una corona. Jugamos todos con una paleta en la boca, nos duelen los cachetes de tanto sonreír. Al final, el pastel, las mañanitas y una mesa de regalos esmeradamente envueltos para ser abiertos ahí mismo y suscitar rondas de aplausos y abrazos. En cada momento, los celulares registran y transmiten; estallan brillitos, corazones, pulgares en alto, fuegos, rosas, más corazones, más y más.
Cobra sentido el lema del club como un conjunto que aumenta la potencia como política de su existencia: “Somos el Club del Montón, aquí no hay diferencia, todos somos iguales: no hay más, no hay menos, todos somos uno mismo”.
En montón llegamos a la celebración de los mercados de Tepito y nos acercamos a la consola, desde donde el sonidero saluda ya el arribo del club al baile; se abre una ronda animada, lucida. En montón vamos por la calzada que lleva a la Basílica de Guadalupe el miércoles 12 de noviembre, día de la Peregrinación Sonidera, caminando entre altares, maquetas, estandartes y lonas con logotipos que portan familias, organizaciones y grupos sonideros provenientes de todos los barrios de la zona metropolitana, de los estados, e incluso alguno de la Unión Americana (es imposible evitar notar cómo ha menguado su presencia). En el montón más amontonado y regalado celebramos el cumpleaños de Maga, quien también es coronada. En esa ocasión acuden los niños, entre los que hay un pro de 7 años y una adolescente conocida en el mundo del baile como La Niña de la Sonrisa Bonita por una buena razón.
“Muchas veces, sin querer, llegas a ver la pureza de la gente, fugazmente. Un traguito y te emborrachas.”
Se viene el aniversario del club el 28 de noviembre, hay mucha preparación: es un evento considerable que reúne a varios sonidos de renombre y se celebra en el Salón Cosmos 2000, un lugar emblemático para el movimiento sonidero y también para el club, que nació aquí. En la pantalla del celular se amontonan los stickers del montón, las propas, los llamados sonideros.
Llegamos en metro hasta la Romero Rubio y cuando entramos lo primero que vemos es el puesto de zapatos de Juanito, que ha traído sus mejores pares. Apenas se acomodan los ojos a las luces de colores, descubren que la pista está que hierve de bailarines moviéndose elegantes a los ritmos que les ofrenda una selección musical de lujo. Saludos por aquí, saludos por allá. En la rueda se lucen Magali, César, Rosa, Iris, Emmanuel, Teresa, Rosa, Camila, Erika, Ernesto, Fernando, Lalo, Yorman, Antonio, Martha, Alexa, Erick y Arturo mientras Javier lo registra todo, hasta luces trae. Es un verdadero agasajo del que disfrutan parejas, familias, grupos de amigos, niños y hasta un perro en carreola. Para todos hay tacos, pastel y regalos.
Así que así es como se hace un todo.
“Siempre me gustó bailar, desde chiquita. Pero luego tuve hijos, chamba, todo eso. Hasta que mis hijos crecieron y llegaron un día y me invitaron a bailar al domo. Entonces volví a vivir”, me cuenta una mujer mientras fumamos un cigarro en la puerta.
El tema es que ya nos gustó jalar con el montón, nos gustó la plática y puede que volvamos siempre a aprender los pasos, aunque sea los más sencillos.
“Yo llegué aquí acompañando a un amigo. Yo era rockero, no tenía nada que ver con esta escena, pero seguí volviendo y ya van años”, confiesa Javier, riendo.
Mañanitas
Lalo y Maga
Pareja de baile
Saludos sonideros
Parejas bailando son-
Una frase muy mexicana que se usa para expresar que vamos por la vida caminando, a pie pues, aprendiendo del día a día. ↩